MIRAR LA PANTALLA ESTÁ DE MODA

Nuria Domínguez12/10/2021
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Sexo en Nueva York regresa. Bajo el nombre de And Just Like That, HBO presenta la nueva historia que trae de vuelta a Carrie Bradshaw y sus amigas en plena cincuentena. Como fan, lloro la usencia de Samantha Jones, la actriz Kim Catrall, el personaje más interesante de la serie, y la muerte de Willie Garson, el memorable Stanford Blatch, en pleno rodaje, pero como amante de la moda, estoy deseando ver qué nos ofrecen en este reboot de 10 episodios las amigas más estilosas de la Gran Manzana. Por los avances, hemos visto que Carrie ha perdido rizos y ganado canas y ha cambiado los stilettos por las plataformas; Miranda sigue fiel al estilo 'working girl' y al corte pixie, pero ha sustituido el pelirrojo por un grey hair de manual; y Charlotte continúa siendo la lady del grupo, aunque con algún retoque estético de más.

Pese a que en esta ocasión la encargada del vestuario no es Patricia Field, la estilista que vistió a Carrie y a sus amigas durante las seis temporadas de la serie y las dos películas, lo cierto es que los nuevos looks de Bradshaw, York y Hobbes, creados esta vez por Molly Rogers y Danny Santiago, mantienen la esencia del estilo que las convirtió en todo un icono de la moda, especialmente a la protagonista. Bradshaw es de esas personas que prefiere no cenar y tener el último número de la revista Vogue, comprarse un bolso de Fendi en vez pagar la factura de la luz o llevar un vestido de tirantes en pleno mes de enero porque así lucen mejor sus ‘manolos’.

Field no ha podido estar en AJLT porque ya estaba embarcada en la nueva temporada de Emily in Paris, la serie de Netflix que ha convertido a Lily Collins en la chica del momento y a su guardarropa, en el que abunda Chanel, en la envidia del planeta. Field ha colaborado con Marylin Fitoussi, la diseñadora de vestuario, para crear los looks de ensueño de Emily que recuerdan inevitablemente al estilo de Carrie, alguien que no le teme al mix and match, que arriesga con los accesorios y que sabe cómo rematar cualquier outfit para que resulte perfecto a la hora del día que sea. Sus estilismos han desencadenado oleadas de fans que dedican cuentas en Instagram, como @emilyinparisfashion o @fashionfemilyinparis, a analizar cada prenda lucida por la protagonista.

Quentin Tarantino asegura que “el éxito de una película está, en que, al finalizar, queramos vestir como uno de sus personajes". Al margen de esta boutade, no se puede dudar de la influencia social que tiene el cine: las gentes se han vestido, han actuado y hablado como las estrellas a las que admiraban. La venta de camisetas interiores se desplomó cuando Gable apareció a pecho descubierto en Sucedió una noche (Frank Capra, 1934) y se disparó tras la aparición de Brando en Un tranvía llamado Deseo (Elia Kazan, 1951). Durante la Segunda Guerra Mundial se prohibió a las trabajadoras de las fábricas imitar a Verónica Lake, porque sus largas melenas se enganchaban en las máquinas provocando accidentes. Las chaquetas que usaba Joan Fontaine en Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940) adquirieron su nombre tras la película, igual que el conocido como cuello Perkins le debe el suyo a los jerséis que lucía el protagonista en Psicosis (A. Hitchcock, 1960). James Dean en Rebelde sin causa (N. Ray, 1955) puso de moda las cazadoras rojas, Faye Dunaway, las boinas en Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967), Jennifer Beals, los calentadores en Flashdance (Adrian Lyne, 1983), Blade Runner (Ridley Scott, 1982), los estilos cyberpunk, neogótico y futurista y Matrix (Hermanas Wachowski, 1999), las minigafas y los largos trench de cuero negro.

Probablemente nadie ha verbalizado con tanta claridad el papel que la moda juega en la sociedad actual como Miranda Priestly (Meryl Streep) en la película El diablo viste de Prada (David Frankel, 2006), aunque ‘el diablo’ en realidad vestía de Donna Karan por decisión, de nuevo, de Patricia Field. La moda, ese tinglado que a muchos les parece lejano y que solo relacionan con las pasarelas, se ha colado por todas las rendijas de la colmena y mucho de lo que hacemos, vemos y ansiamos cuando nos miramos al espejo pasa de una u otra manera por sus manos. El séptimo arte no es ninguna excepción y desde los tiempos en que Edith Head, Hubert de Givenchy y Pauline Trigère convirtieron a actrices como Grace Kelly y Audrey Hepburn en auténticos iconos y a sus respectivos vestuarios en máquinas de hacer dinero, la industria no ha parado de generar tendencia.

Adentrándonos en el terreno de los clásicos es inevitable recordar el palabra de honor de satén negro que Jean Louis diseñó para Rita Hayword en Gilda (Charles Vidor, 1946). Aquel vestido estaba inspirado en un cuadro de John Singer Sargent, Madame X, y como el original, volvió locos a los hombres de medio mundo. Jean Luis diseño todo el guardarropa que luce la actriz en la película, que la revista Life en el momento valoró en 60.000 dólares, una cantidad muy superior a lo habitual en esa época. Pero valió la pena cada centavo. Es uno de los conjuntos más bellos de ropa que he visto en una película. Particularmente adoro el sofisticado dos piezas blanco y dorado de Amado mío, un contrapunto perfecto a la desgarrada imagen de vampiresa con boquilla incluida.

Otra fructífera colaboración fue la que mantuvieron William Travilla y la explosiva Marilyn Monrone. Travilla, que ya tenía un Oscar, diseñó para la actriz el vestuario de ocho películas, pero siempre será recordado por el vestido blanco de La tentación vive arriba (Billy Wilder , 1955) que dejaba sus piernas al descubierto sobre una boca de aire del metro. También creó para ella el tantas veces imitado vestido rosa con el que la que Monroe cantaba el legendario Diamonds are a girl's best friend en Los caballeros las prefieren rubias (H. Hawks, 1953). Más que una relación profesional, a Marilyn y al diseñador les unía, desde que se conocieron en 1950, una profunda amistad, romance dijo él, que quedó sellada públicamente con el "Billy, querido, vísteme para siempre. Te quiero" que Monroe utilizó para dedicar a Travilla un calendario de desnudos.

La forma de vestir de Marilyn revalorizaba lo considerado como vulgar y ponía énfasis en las curvas del cuerpo. La antítesis de esto fue Audrey Hepburn, quintaesencia de la elegancia de la época. Cincuenta años después del estreno de Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961), el sencillísimo vestido de Givenchy que luce Audrey Hepburn en la película fue elegido el mejor estilismo de la historia del cine en una lista elaborada por el Daily Mail. Las perlas, una tiara y unos guantes largos fueron los complementos perfectos para ese vestido de seda negro, una reinterpretación de la Petite Robe Noire creada en los años 20 por Chanel, que lucía el personaje Holly Golightly frente al escaparate de Tiffany’s. El mítico vestido fue subastado en Christie's en 2006 por nada menos que 700.500 euros, el precio más alto alcanzado en subasta hasta ese momento por un prenda confeccionada para el cine.

La historia de amor entre Hepburn y Givenchy nació con Sabrina (Billy Wilder, 1954). La actriz viajó a Francia en busca de un vestuario realmente parisino para su personaje y acabó trayéndose tres prendas de Givenchy, las más icónicas del film: el vestido de gala de la sobrefalda, el traje de chaqueta gris y el vestido negro de los lazos en los tirantes. El modisto no apareció en los títulos de crédito y la figurinista Edith Head no le nombró cuando recogió el Oscar, pero Givenchy consiguió que, desde entonces, la Hepburn le reclamase por contrato. Aunque Audrey hizo de Givenchy su diseñador fetiche, lució espectacular con los diseños de todos los modistos con los que trabajó en sus diferentes filmes. El genial Cecil Beaton creó para ella el espectacular vestuario y la escenografía de My Fair Lady (George Cukor 1964), consiguiendo también un Oscar por su trabajo. Paco Rabanne, Courrèges y Mary Quant firmaron el auténtico desfile de modelitos que luce en Dos en la carretera (1967).

En 1968, el imaginario de Paco Rabanne y la moda espacial encontrarían su plasmación definitiva en el cine con Barbarella. La película es una adaptación del cómic de ciencia ficción para adultos creado por Jean-Claude Forest que el fatuo Roger Vadim utilizó para explotar sensualmente el físico de su pareja de entonces, Jane Fonda. Los responsables del vestuario fueron Jacques Fonteray y Sartoria Farani, quienes siguieron las ideas originales de Paco Rabanne. El propio diseñador se encargó personalmente del modelo que luce Jane Fonda en la escena final. Se trata, por supuesto, del emblemático body verde de estilo Peter Pan con escamas de plástico entrelazadas que resultaba tan futurista como reptiliano.

En 1972, Bob Fosse sorprendió con su adaptación para la gran pantalla del musical Cabaret. El encargo del vestuario corrió a manos de Charlotte Flemming, que recurrió a elementos de provocación como son las ligas, las medias, los cuerpos negros y bombines de la época que derrochan una fuerte carga de erotismo y masculinidad. Sin embargo, Liza Minelli quiso dar a su personaje su toque personal y recurrió a su padre para que la ayudase con el estilismo. Para ella, todas las mujeres de la época eran como Marlene Dietrich y fue su padre quien le enseñó la variedad de peinados y maquillajes que podría tener su personaje. Liza se cortó el pelo ella misma, se maquilló de forma estridente y se presentó en la casa de Fosse al grito de “¡Soy Sally!”.

También había mucho de Diane Keaton en los estilismos que Ruth Morley y Ralph Lauren elaboraron para ella en Annie Hall (Woody Allen 1977). El personaje de Keaton es el mayor icono del look andrógino y masculino del cine. La protagonista, vestida con pantalones anchos, camisas de hombre, chalecos y corbatas, inspira permanentemente a los diseñadores, como se ha podido comprobar este año en las pasarelas. Pasados más de cuarenta años desde aquel memorable papel, Keaton, toda una influencer a sus 75 años, continúa mostrando que sus looks siguen siendo tan modernos y diferentes como entonces.

"La ropa está ahí para transmitir emociones", sentenció una vez Pedro Almodovar a propósito del vestuario de sus películas. Montesinos firmó los diseños de sus primeros títulos, Gaultier creó atrevidos looks para otros tantos y las grandes casas le prestan lo que les pida. Incluso Prada le convirtió en imagen de una de sus campañas. Almodóvar ama la moda y la moda está claro que ama a Almodóvar. Aún no he visto Madres Paralelas, pero me fascinó el trabajo que Paola Torres y el director hicieron con el vestuario de Dolor y Gloria. Por un lado, las batas y delantales de Penélope con las que homenajean en clave nostálgica a las mujeres de la España vaciada. Por otro, las cazadoras, las camisas y los polos de Antonio Banderas, réplicas del guardarropa del propio Almodóvar.

En una encuesta realizada hace unos años por la revista In Style y Sky Movies se eligió el vestido verde esmeralda que lleva Keira Knightley en Expiación (Joe Wright, 2007) como el mejor atuendo de la historia del cine. El vestido de la diseñadora Jacqueline Durran es usado durante la escena en la que el personaje de Keira, Cecilia Tallis, se descubre enamorada del joven Robbie Turner (James McAvoy) y hace el amor con él en su biblioteca. Como curiosidad, la talla del vestido es una 1, lo que equivale en España a una 32. Sin palabras. Otro vestido imposible con el que, las mortales, sólo podemos soñar, porque como decía Cecil B. de Mille, “en mis películas no deben aparecer vestidos que uno podría encontrar en una tienda”.