Los AOVE de Madrid hablan todos los idiomas: así conquista la DOP Aceite de Madrid las cocinas del mundo.
Durante décadas, el aceite de oliva virgen extra español ha encontrado en Andalucía, Castilla-La Mancha o Cataluña algunos de sus grandes embajadores. Sin embargo, desde hace apenas unos años, Madrid ha comenzado a reclamar su propio espacio en el panorama oleícola internacional. Y lo hace con argumentos difíciles de discutir: una calidad avalada por los principales certámenes del sector y una personalidad cada vez más reconocible entre cocineros, sumilleres de aceite y consumidores.
La Denominación de Origen Protegida Aceite de Madrid acaba de consolidar ese reconocimiento al sumar 32 premios internacionales obtenidos durante las dos últimas campañas en quince de los concursos más prestigiosos del mundo, celebrados en catorce países diferentes. Un palmarés que confirma el excelente momento que vive el aceite madrileño y que invita a mirar con otros ojos una tradición agrícola con siglos de historia.

Lejos de plantear una presentación basada únicamente en cifras y medallas, la DOP optó por demostrar que el verdadero valor de un gran aceite siempre se mide en la mesa. El restaurante Atocha 107 acogió un encuentro donde el protagonismo pasó rápidamente de los discursos a la cocina.
El encargado de construir ese relato fue el chef Joaquín Felipe, que diseñó un original menú de tapas inspirado en las cocinas de los países donde los aceites madrileños han sido premiados. La propuesta partía de una idea sencilla: si estos AOVE han conquistado jurados internacionales, también pueden integrarse con naturalidad en recetas nacidas a miles de kilómetros de los olivares madrileños.
El recorrido comenzó en Grecia con una delicada musaka, donde el aceite Puntal de Jara aportaba profundidad tanto a la cocción de la berenjena y la carne como al acabado en crudo de la bechamel. Desde allí, el viaje continuaba hasta Canadá con un sándwich de pan de centeno y carne ahumada acompañado por una vinagreta elaborada con Ó de Oleum, demostrando que un aceite de perfil equilibrado puede dialogar con preparaciones intensas sin eclipsarlas.

La siguiente parada llevaba a Túnez a través de un cuscús vegetal enriquecido con Valleherboso, utilizado en crudo para preservar toda su expresión aromática, antes de cruzar hasta China mediante unos dumplings de atún donde el AOVE Molino de Titulcia se incorporaba al relleno aportando untuosidad y complejidad.
Europa volvía a aparecer en el itinerario con un fish and chips reinterpretado mediante una mayonesa elaborada con Frutos Verdes de Posito, mientras que el elegante barbagiuan monegasco incorporaba Apis Aurelia tanto en la masa como en el relleno de espinacas y ricota, rematado con una delicada espuma de aceite. El viaje concluía en Oriente Próximo con un falafel preparado con Alma de Laguna, integrado tanto en la masa como en la fritura para reforzar la identidad mediterránea del plato.
Más que una sucesión de recetas internacionales, el menú funcionó como una demostración práctica de una de las grandes virtudes del aceite de oliva virgen extra: su extraordinaria capacidad para adaptarse a culturas culinarias muy distintas sin perder protagonismo.
Aunque la DOP Aceite de Madrid es una de las denominaciones de origen más recientes del panorama español, el cultivo del olivo forma parte del paisaje agrícola madrileño desde hace siglos. Esa aparente contradicción explica buena parte del momento que vive el sector: una tradición consolidada que solo ahora comienza a recibir el reconocimiento internacional que merece.

Los premios obtenidos durante las dos últimas campañas —entre medallas de oro, plata, bronce y distintas distinciones Top 100— reflejan el trabajo conjunto de agricultores, almazaras y productores que han apostado por una elaboración cada vez más exigente, orientada a poner en valor tanto la calidad del fruto como la singularidad del territorio.
La jornada sirvió también para presentar Xenofilia, el nuevo vídeo institucional de la DOP Aceite de Madrid. Bajo un título provocador, la pieza plantea una reflexión que trasciende el propio aceite: la tendencia a valorar con mayor facilidad aquello que llega de fuera mientras se pasan por alto productos de enorme calidad cultivados a escasos kilómetros.
En un momento en el que la gastronomía reivindica el producto de proximidad, la trazabilidad y el conocimiento del origen, los aceites madrileños representan precisamente esa filosofía. Son el resultado de un territorio que durante mucho tiempo permaneció fuera del foco mediático, pero que hoy empieza a ocupar el lugar que le corresponde entre los grandes aceites de oliva virgen extra del mundo.
Porque, al fin y al cabo, el mejor reconocimiento para un aceite no es únicamente una medalla internacional. Es demostrar que puede viajar de Madrid a cualquier cocina del planeta sin dejar de expresar el paisaje del que procede.
dopaceitedemadrid.com



