Kortrijk, una escapada flamenca entre historia, diseño y buena mesa.

Begoña A. Novillo29/08/2026
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Hay ciudades belgas que parecen hechas para descubrirlas sin prisa. Kortrijk, en la región de Flandes Occidental, es una de ellas. A orillas del río Leie, esta localidad combina un importante patrimonio medieval con una marcada vocación contemporánea, espacios de diseño, museos y una animada vida gastronómica. El resultado es un destino perfecto para una escapada de fin de semana, especialmente para quienes disfrutan alternando cultura, paseos y buena mesa.

El corazón histórico de Kortrijk comienza en la Grote Markt, la gran plaza alrededor de la cual se organizó durante siglos la vida urbana. Allí se encuentran el Belfort, antiguo campanario medieval y uno de los símbolos de la ciudad, y el histórico Ayuntamiento. Muy cerca aparece la iglesia de San Martín, cuya historia se remonta al siglo XII y cuya torre alberga un carillón.

Pero si existe una imagen que identifica a Kortrijk son las Torres Broel. Situadas junto al Leie, estas dos construcciones medievales formaban parte de las antiguas defensas de la ciudad. La torre meridional, conocida como Speytorre, fue levantada en 1385 para controlar el tráfico fluvial, mientras que la torre septentrional, de 1415, tuvo funciones militares. Hoy son uno de los rincones más fotografiados de la ciudad, especialmente al atardecer, cuando las terrazas junto al río invitan a sentarse y contemplar el paisaje.

Otro de los grandes tesoros de Kortrijk es su Begijnhof, un tranquilo conjunto de pequeñas casas alrededor de un patio que forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1998. Creado en el siglo XIII, conserva la atmósfera recogida de una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Merece la pena detenerse en la capilla de San Mateo y visitar el centro de interpretación, donde distintos recursos audiovisuales ayudan a comprender la vida de las beguinas y la evolución de este singular espacio.

La historia medieval de Kortrijk está estrechamente ligada además a la Batalla de las Espuelas de Oro de 1302, un episodio fundamental de la identidad flamenca. La iglesia de Nuestra Señora conserva la capilla de los Condes y numerosas piezas artísticas, entre ellas La elevación de la cruz, atribuida a Anthony van Dyck. En el interior también se puede conocer la experiencia inmersiva 1302, que reconstruye mediante imágenes, sonido y recursos interactivos aquel enfrentamiento entre las tropas francesas y las milicias flamencas.

Para completar este recorrido histórico, conviene acercarse a la Puerta y Monumento de Groeninge, levantados en recuerdo de aquella batalla. El monumento representa a la Virgen de Flandes junto al León flamenco, convertido con el tiempo en uno de los grandes símbolos de la región.

El Leie es mucho más que un accidente geográfico. Sus orillas se han convertido en uno de los espacios más agradables para pasear, sentarse en una terraza o disfrutar de la ciudad desde el agua. Las denominadas orillas bajas del río y la isla de Buda muestran la cara más moderna y creativa de Kortrijk, donde arquitectura contemporánea, cultura y ocio conviven con el patrimonio histórico.

Kortrijk también ha sabido mirar hacia el futuro. El diseño forma parte de su identidad actual y algunos edificios contemporáneos contrastan deliberadamente con la arquitectura histórica. Entre ellos destaca la K-Tower, una torre de 66 metros situada junto al Leie y el Collegebrug, convertida en uno de los nuevos elementos del perfil urbano. Para quienes quieran profundizar en la relación entre la ciudad y su pasado industrial, el museo Texture resulta especialmente interesante. Kortrijk fue durante siglos uno de los grandes centros europeos del lino y la industria textil, una actividad estrechamente vinculada al río y al desarrollo económico de la región. La visita permite comprender cómo el lino transformó la ciudad y continúa formando parte de su identidad.

¿Y qué se come en Kortrijk? Una visita a Kortrijk no estaría completa sin sentarse a la mesa. La cocina local participa de la tradición gastronómica flamenca, generosa y reconfortante, pero la ciudad también cuenta con una oferta contemporánea que combina producto local, creatividad y cocinas internacionales. La propia oficina de turismo destaca desde cervecerías y chocolaterías hasta restaurantes gastronómicos, cafés, terrazas y locales de aperitivo. Entre las especialidades locales merece la pena buscar la Kortrijkse bil, una preparación tradicional de la ciudad que algunos cocineros incorporan a sus propuestas. También es buen momento para descubrir los productos de proximidad y la cocina de temporada que protagonizan las cartas de varios restaurantes locales.

Y, como en cualquier viaje por Flandes, la cerveza tiene un papel protagonista. Kortrijk cuenta con cervezas locales y pequeñas elaboraciones artesanales que acompañan perfectamente un almuerzo informal, un aperitivo o una cena. Para los más golosos, el chocolate y los helados artesanales son otras dos paradas obligadas.

La oferta, además, no se queda en la gastronomía belga. La ciudad reúne restaurantes asiáticos, mediterráneos, italianos, mexicanos, de Oriente Medio y africanos, reflejo de una Kortrijk cada vez más cosmopolita.

Kortrijk es, en definitiva, una ciudad para caminar, mirar y saborear. Sus torres medievales, las casas del Begijnhof, las iglesias y los recuerdos de la batalla de 1302 hablan de un pasado poderoso; el Leie, la isla de Buda, el diseño y su renovada escena gastronómica muestran una ciudad que ha sabido evolucionar. Un destino quizá menos conocido que Brujas o Gante, pero precisamente por ello capaz de regalar al viajero una experiencia más tranquila, auténtica y sorprendente en el corazón de Flandes.

kortrijk.be