Los Miserables: El sueño que soñé se cumplió.
Hay muchas vidas en una vida y muchas canciones en una misma melodía. Así lo mostraron Victor Hugo en su inmortal novela y Schönberg y Boublil en su brillante musical. El prodigio literario nació en 1832, y el fabuloso show teatral en 1985 en París. En Madrid acaba de cumplir 34 años de la primera puesta en escena, y van tres. Este septiembre se ha estrenado la segunda temporada de la nueva producción en el Teatro Apolo, el mismo escenario donde se presentó por primera vez. Regresa después de arrasar en los Premios Talía, donde ganó en todas las categorías a las que estaba nominado, y llevarse el Premio Godot al Mejor Musical. Todos los premios merecidísimos.
Este nuevo montaje de la obra, que parte de la producción, ya clásica, que hizo Cameron Mackintosh cuando lo llevó a Londres en 1985, es un espectáculo grandioso, brillante y redondo en prácticamente todos sus aspectos artísticos. La nueva escenografía es de Matt Kinley, está inspirada en las pinturas realizadas por el propio Víctor Hugo y resulta bellísima. Las soluciones escénicas son ingeniosas y elegantes; las transiciones, fluidas y eficaces; y la iluminación, simplemente magistral. Todo esto tiene mucho mérito, porque cuando Mackintosh vino antes del estreno el pasado año se sorprendió de lo “pequeños” que eran los teatros de Madrid “para albergar una producción de estas características”, por lo que ha habido que trabajar mucho la escenografía y los decorados.

Evidentemente, nada funcionaría igual sin un elenco más que notable. Todos están espléndidos, muy bien compactados y hacen un gran trabajo colectivo (cómo agradezco que por fin los musicales hayan abandonado los gorgoritos tipo Bustamante que puso de moda Operación Triunfo y que tanto daño hicieron sobre las tablas), aunque alguna de las intérpretes tira más de pulmones que de emoción.
Adrián Salzedo y Carlos Solano se alternan haciendo de Jean Valjean y, muchas veces, coinciden en el escenario. Lo curioso es que son hermanos y que Carlos Solano, a quien yo vi de protagonista, ha estado vinculado al elenco de las tres producciones que han pisado la capital. Hace 34 años hizo de Gavroche en ese mismo teatro y ahora compone un estupendo Valjean que me hizo llorar con la plegaria ‘Sálvalo’ (aunque yo con la que esperaba emocionarme era con ‘Soñé una vida’ y no pasó).

Como todas las adaptaciones de una monumental obra literaria, la novela de Victor Hugo tiene unas 1.500 páginas, el musical sacrifica muchos elementos narrativos. Eso aplana un poco a personajes como Javert, aunque Pitu Manubens está inmenso defendiendo la partitura más sombría, y Fantine, esforzada Teresa Ferrer, que brilla más en su muerte que en su espiral de degradación, y convierte a Cosette y Marius, la academicista Laura Martín y el talentoso Quique Niza, en una pareja bastante aburrida. Sorprendentemente, la amputación del musical respeta más a Éponine, uno de esos personajes que conmueven desde la discreción y que Elsa Ruiz Monleón defiende divinamente. También conservan personalidad propia los rufianes Thénardier, unos atinados Xavi Melero y Malia Conde, que aligeran tanta miseria con un toque de humor sucio, que no negro.
‘Los Miserables’ es una historia profundamente actual. Habla de cosas tan reales como la pobreza, la desigualdad, la voluntad de cambiar, las segundas oportunidades, la solidaridad, la esperanza, la confianza en un futuro mejor… Por eso, 162 o 34 años después está tan fresca como el primer día. Y yo animo a todo el que pueda a que se pegue el gustazo de sacarse una entrada y disfrutar durante casi tres horas de este maravilloso espectáculo. Créanme, no es tan bueno como el de Londres, es mejor.
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